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Clima

La hora previa al amanecer: cuando pica en el hielo

Por qué la salida que arranca con el agua todavía oscura, antes de que amanezca, termina siendo la que más se recuerda. Esas horas de frío y silencio sobre el hielo suelen traer las mejores capturas de percas y lucios.

Marcos K.12 de marzo9 min de lectura
Un sendero vacío sobre el hielo antes del amanecer

Hay un tramo de la madrugada que no le pertenece a nadie. Empieza como una hora antes de que el sol asome sobre el horizonte y termina cuando el primer rayo de luz toca el hielo. Cualquiera que haya perforado su primer agujero a esa hora te va a decir lo mismo: no es la vista lo que te hace volver al lago, es la espera antes de la primera picada, cuando el lugar todavía es todo tuyo y el resto de la comunidad de pescadores recién está saliendo de la ruta.

El hielo nunca está en silencio

La primera sorpresa es todo lo que se escucha. Sin luz para guiarte, el oído se hace cargo: el agua corriendo bajo el hielo unos metros más allá, el crujido que cambia cuando el viento se mete entre las barracas, el ruido seco de los patines de un trineo acercándose desde otro pique. Los que suelen caminar rápido hacia su lugar de siempre terminan parando cada pocos metros, sin saber bien por qué, solo para escuchar el lago antes de taladrar.

Nada de esto es magia. El sonido viaja más lejos sobre el hielo frío y quieto, y hay mucho menos ruido compitiendo con él que en cualquier otra estación del año. Saber la explicación no hace que la primera vez deje de sonar raro.

La segunda sorpresa es lo bien que responden los ojos. Después de veinte minutos sin usar el frontal, la mayoría puede seguir el camino marcado en la nieve por la diferencia entre el cielo y el hielo. El truco es no mirar directamente lo que buscás: la visión periférica funciona mejor con poca luz, así que el sendero hacia tu pique se ve mejor cuando lo mirás de reojo.

Hay un límite, y conviene ser honesto al respecto. Con cielo cubierto y sin luna, la diferencia entre el hielo y la orilla desaparece por completo, y lo sensato es usar el frontal que llevás encima. Nadie te va a premiar por caerte en un agujero mal señalizado.

Lo que pide salir temprano

Acostarte más temprano, que es la parte que casi nadie cumple. Una capa más de abrigo de la que creés necesaria, porque el momento más frío de todo el día llega un rato antes de que salga el sol, no a medianoche. Y una ruta que ya conocés, porque esta no es la hora para descubrir si el hielo de ese brazo del lago todavía aguanta.

Además: avisale a alguien a qué laguna vas. Este simple hábito es lo que separa a los que pescan sobre hielo durante años de los que lo prueban dos veces. No cuesta nada y elimina el único resultado realmente malo de la mañana.

Más allá de eso, pide muy poco. Un frontal que mantenés apagado salvo que lo necesites, algo caliente en el termo, y tiempo suficiente como para no estar mirando el reloj. La idea es llegar temprano y esperar la primera picada.

No salís a mirar cómo amanece sobre el lago. Salís para estar ahí cuando decide hacerlo.

Entonces llega la primera luz

No pasa todo de golpe, y no pasa donde lo esperás. Mucho antes de que aparezca algo por el este, el hielo empieza a separarse de la orilla a la vista: primero una línea de carrizos, después la forma de la costa, y por fin el color blanco del hielo que ya no es gris. La distancia vuelve antes que el detalle.

Sol rasante que ilumina de costado la superficie helada
Una hora adentro, con el hielo todavía decidiendo cómo se va a ver hoy.

Hay una ventana corta, de cuatro o cinco minutos, en la que el sol bajo pega de costado sobre la laguna y cada montículo de nieve se recorta en relieve. Después el sol sube, las sombras se acortan, y el paisaje vuelve a ser el de siempre.

La tentación ahora es sacar el celular para la foto del reporte de pesca, y no hay nada de malo en eso, aunque casi todos cuentan lo mismo después. Las fotos salen bien, pero no son lo importante. Lo que una foto no puede guardar son los veinte minutos helados parados en silencio, antes de la primera picada.

La vuelta al pueblo

Las mañanas que no rinden también sirven. Luz plana y gris, viento que hace imposible quedarse quieto junto al pique, una hora de caminata sin un lucio ni una perca para contar: eso es lo que hace que las buenas mañanas valgan la pena. Sin esas jornadas flojas, todo el asunto se vuelve solo paisaje.

Si vas seguido, las mañanas dejan de ser todas iguales. Empezás a reconocer las que van a rendir bien por cómo se siente el aire al llegar a la orilla, y te equivocás lo suficiente como para seguir volviendo. La razón de fondo tiene poco que ver con los peces: por una hora nadie te pide nada, nada te alcanza, y la temporada todavía no empezó a exigir nada de vos.

Retrato del pescador después de una jornada en el hielo
Escrito por

Marcos K. sale al hielo antes del amanecer más seguido de lo razonable, y edita los reportes de esta comunidad de pescadores desde el primer número.

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